jueves, 6 de octubre de 2011

Mi amigo Pepe.

Dedicado a Pepe, uno de los pocos grandes amigos que he encontrado cerca de mi.

Daba mucho por volver a compartir una tarde contigo, después de aquella tarde desastroza que nos obligo a alejarnos. Quería sonreir como loco por el solo hecho de tu ingenio y buena compañía.

Por las noches intentaba encontrarte en un sueño y pocas veces lo conseguí, y era solo tu mirada alejada e indiferente… distinta a la sonrisa que existía en ese par de ocasiones que compartimos.

Cuando salía por las tardes te encontraba sentado siempre en el mismo lugar. En ocasiones coincidíamos mientras caminábamos y muy pocas veces cruzábamos la mirada. Siempre percibía la hostilidad en tu presencia y la frialdad de tus emociones. Una sensación rara…

Recuerdo una noche en que caminabas completamente ebrio con tus amigos; me desbarató por completo verte así, como perdido en un espacio que estabas haciendo tuyo, y aunque supe controlar que me afectaba, por dentro mis emociones pedían a gritos correr y ayudarte. Odie tanto la impotencia de no poder hacer nada por ti… en silencio.

Entendí que bastaron uno o dos días quizá para sentir, y descubrir en ti, lo que pocos de quienes te rodean han descubierto. Fue entonces cuando desapareciste.

Esos días fueron tristes. No había mejor explicación: te estaba extrañando. Y actué por instinto consiguiendo algo peor que una fortaleza alrededor tuyo.

Y así pasaron los días, semanas y meses, tantos que olvidé existía una emoción.

Entonces recordé que se acercaba tu día y solo acerté en escribir en una red social “Feliz cumple“. Y tal vez fue el mejor pretexto para volver a conversar, primero en un medio tan frio que con los días se volvió cálido. Era la sensación que provocaba el saber que ahí estabas, era la intención de encontrarte y platicar como había sido mi día, saber cómo había sido el tuyo, si estabas bien… en fin.

Días después, en una noche de otoño, volvimos a encontrarnos en un parque.

Y te encontré lleno de vida y con una sonrisa espectacular. Era la emoción de un abrazo especial, un abrazo lleno de emociones y complicidad por el aprecio que volvió a nacer en un instante. Fue un momento de esos, muy pocos, que suceden en la vida y quizá el más sincero que tu y yo nos habíamos dado.

Fue romper con el silencio que nos rodeaba después de tantos y tantos meses, era encontrarme en la mirada de un ser lleno de luz y sonrisas. Era cerrar aquel ciclo que nunca pude terminar…

Unas cuantas noches fueron suficientes para dejar atrás y alejarme a vivir mi vida con la seguridad de que todo estaba tranquilo y la hostilidad había terminado.

Poco tiempo paso y empezamos a compartir momentos con el corazón y la honestidad de una amistad; noches de conversaciones perdiéndonos en el universo siendo libres y sin reserva, era disfrutar.

Se volvió una terapia encontrarte, pues cada uno de tus abrazos me permitían olvidar el mal tiempo. Tu actitud y sinceridad hasta hoy me sorprenden y es que en medio del “exilio” no pensé encontrar un punto de referencia que distinguiera mi vida de lo austero y gris.

Sabes? No encuentro una palabra que describa lo que tu amistad y complicidad significan para mi.

“Deja tus pies en libertad y permite que tu cuerpo te conduzca a la sensación que provoca una amistad entera. Camina en el viento que yo seguiré de cerca tus pasos hasta que el ocaso de nuestra vida nos encamine al final. Seguro estoy de encontrarme con tus manos cuando el vuelo se detenga y con los ojos cerrados podrás encontrarme cuando se necesario, pues ahí estaré.

En tu piel habita el brillo de una estrella y en tu voz, el aire fresco que cicatriza las heridas. Vamos amigo, aun nos queda un buen camino que recorrer…”

Hoy te quiero cerca del corazón, has sido mi fortaleza por tanto tiempo y como tal mereces todo mi respeto por que la amistad que me une a ti es singular, fantástica, divertida y siempre leal. Gracias siempre por tu consideración y por tu actitud.


Te amo apá!

Ray.

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