domingo, 21 de noviembre de 2010

Siempre Habrá Algo Que Ver

En mi otro blog, mucho tiempo atrás, le dediqué un espacio a mi opinión sobre el juicio fílmico del cuál todos gozamos hoy en día, aquí retomaré el tema.

Ir al cine involucra, por mucho, la emoción de escoger la película que se va a ver en el momento, esto depende totalmente del estado de ánimo en el que te encuentres y la paciencia con la que cuentes, sin olvidar tener una mente abierta a las opciones.

Conozco a un gran número de personas que continuamente me interrogan sobre el hecho de ir al cine sin saber que ver, “Yo voy al cine sólo si está la película que quiero ver”, “Voy al cine a ver una película en específico y ya”, son algunos de los argumentos que me dan a diario, pero que no aplican a mi modo de vida.

Yo voy al cine para vivir una experiencia diferente con cada visita, desde la revisión minuciosa de la cartelera hasta los momentos previos al comienzo de ella, dónde por 15 minutos te saturan de imágenes a lo largo de tres avances fílmicos; No espero a que pongan el filme que quiero ver, al contrario frecuento semanalmente las salas de cine esperando encontrarme con una historia adecuada para el momento en el que me estoy viviendo, desde entretenerme hasta hacerme sentir.

Para el cine, como mencioné antes, hay que tener una mente abierta, tanto puede llamarnos la atención una película Hollywoodense de mucho presupuesto, hasta una independiente con tres pesos de por medio, mientras la historia te enganche de principio a fin, estas preconcepciones y rivalidad entre comercial y no comercial pasan a segundo término.

Es momento de evitar los extremismos de que “cualquier película hollywoodense va a tener poca historia” y “cualquier película independiente me va a aburrir”, desde el momento en que se separa entre cualquiera de las anteriores ternas se pierde la intención inicial del cine, contar una historia; Cada creador cuenta con sus medios y formas de crear una narrativa, el querer ubicar su obra de arte en alguna de estas concepciones no hace más que desvalorarla y agruparla.

Gozar de un buen musical, sujetarse al borde del asiento con un apabullante Thriller, llorar a moco tendido con un sentimental drama, identificarse con un reflejo de la vida misma como es una película independiente, apantallarse con efectos especiales, en fin hay un interminable corolario de historias por escoger y que están a disposición del espectador.

Así que, la próxima vez que vayas al cine no argumentes que “no hay nada que ver”, mejor “nada en todo lo que hay que ver”...

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