miércoles, 3 de noviembre de 2010

Arturo

Arturo tiene 13 años y acaba de compartir una jeringa con su primo que tiene sida. A Arturo lo saben diferente. Tiene curvas delicadas y el pelo largo. Su psiquiatra dice que es bipolar esquizofrenico, pero el pensamiento científico es lineal. (Hace años a la homosexualidad se consideraba trastorno psicológico). Rastreando sus antepasados, con sangre indígena te topas. Arturo muestra su fuerza a cada paso que da. Arturo tiene 18 años y por hogar tiene la cárcel. Es un dios autóctono. Hipnotizan sus ojos y su sangre envenena. Los hombres desean ser sacrificados entre sus piernas; ellos se creen cazadores, cuando advierten su error, es tarde, terminan siendo devorados. 

La fuerza de su sangre ruge entre barrotes de hierro. Ahora tiene 25 años y el doctor de inmunologia considera que Arturo es un milagro. Arturo se conoce y reconoce las voces internas. La fuerza de su sangre es mayor que su actividad mental. Las voces dejan de ser verdugos y se convierten en aliados. El sabe que su condición es peculiar y se aprovecha. La cama de Arturo nunca esta vacía. Arturo lucha por su libertad. Su naturaleza es salvaje. El cautiverio se hizo para otra raza. Arturo tiene 38 años y acaba de cruzar la frontera. Ya no quiere ir a Estados Unidos por sus 3 strikes. Encuentra techo en un centro de rehabilitacion. Me escoge de amigo. Solo quiere un oído que escuche sus historias, un corazón que sienta su dolor y ojos que atestigüen su valor. 

Cerca de los 40 su sangre sigue siendo guerrera. Pero su corazón esta cansado. Se pierde entre drogas sintéticas. Un mes antes de partir a otros mundos lo visito. Ya se ve el ocaso. Se intuye el destino. En sus ojos se ve el cansancio, en su voz se escucha el astío. Su cuerpo busca la soledad del santuario. Lame sus heridas. Se recuesta. Respira. Ya no.

Para Arturo. Donde quiera que estés.

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