viernes, 22 de octubre de 2010

LA VISITA INESPERADA (REPRISE)

Era una mañana de sábado decembrina, una como muchas que le antecedieron. Me levanté muy temprano pues había cosas que hacer. Con mucho esfuerzo logré poner el primer pie fuera de la cama pues, como había estado sucediendo últimamente, los pies se me hacían más y más pesados, caminar era ya casi una proeza titánica.

Los minutos se me escapaban de las manos tanto como el agua de la ducha: lentos, irrecuperables, silenciosos. El desayuno no fue muy diferente en sensaciones como hubiera querido. Sentado a la mesa, acompañado sólo por mi sombra, observaba a las personas caminar en la calle, apresuradas, distantes, indiferentes a todo aquello que no era su propio mundo.

Y la puerta sonó. Alguien del otro lado venía en mi búsqueda. Es muy temprano para tener visitas, me dije al tiempo en que me levantaba de mi silla y caminaba con paso indiferente para abrir la puerta.
Y ahí estaba, de frente a mí. Su cara pálida y su mirada fría aunque firme me hicieron despertar por completo.

--"Hola, me da gusto verte otra vez" - me dijo con esa voz pausada, sin entonación.
--"Pe-perdón?" alcancé a murmurar tan bajito que apenas y yo me pude escuchar.
--"¿Puedo pasar?" replicó.
--"No... lo siento, creo que se equivocó de casa. Intente en la siguiente." Azoté la puerta y di un paso atrás.

No, no era posible. ¿Ella otra vez? ¿Qué hacía aquí? ¿Cómo me había encontrado desde la última vez que nos vimos? Pensé que ante mi reacción se alejaría, se iría. Para mi más profundo terror observé que por debajo de la puerta lanzó un pequeño sobrecito, amarillo, algo viejo, con mi dirección y mi nombre perfectamente escritos en letra de molde y tinta púrpura.

--"Sé que estás ahí parado todavía, abre ya" -- escuché decir a la dama.

Casi automáticamente giré la perilla y esperando que ya no estuviera más ahí de pie frente a mi departamento abrí despacito la puerta. No se había ido. Observé su porte: muy al estilo de las señoras que en 1936 iban a la misa de doce en domingo en la Iglesia de La Votiva, esa de Reforma y Génova, la dama portaba un vestido que bien podría haber salido de un figurín francés. Gris, sobrio y elegante, éste dejaba ver claramente su esbelta pero definida figura femenina. Su tocado, de sobra acorde al resto de su vestimenta, lo llevaba perfectamente adornado por un sombrero de ala ancha. Las joyas, complemento obligado, me parecían como de herencia generacional: bastante antiguas pero en perfecto estado, pulidas y en un tono plateado, dignas de toda una señorona.

--"¿Cuánto tiempo piensa quedarse?" pregunté al tiempo que observaba la valija que sostenía con su mano izquierda.

--"No sé, cuánto sea necesario". Me respondió y entro directo al vestíbulo.

La alcancé y en otro afán de disuadirla en quedarse le comenté que no tenía ninguna habitación de huéspedes. Mi departamento, típico espacio de soltero, es tan pequeño que con dificultad vivirían dos personas ahí.

--"No me molesta, puedo quedarme donde haya lugar" -- dijo con voz desafiante.

De mala gana fui hacia mi habitación y sentí su mirada directamente en mi cuello. Le dije que se acomodara como pudiera y donde pudiera pues era ya muy tarde para mi cita.

El día pasó casi volando y al regresar a casa estaba ahí, sentada en la ventana observando también a la gente y haciendo uno que otro gesto. Pretendí que no estaba ahí (ni en mi casa) y me dispuse a dormir. Entré en la cama y sentí claramente como ella también se acostaba en el lado derecho. Le di la espalda y dormí.

Al despertar no la encontré en donde la había dejado. Pensé que había decidido ir a molestar a alguien más. Me levanté y la busqué en la cocina, en el baño, quizá en el estudio. Pero no estaba. Contento caminé hacia la ventana para abrirla y dejar entrar un poco de aire... pero ese fue el único lugar en el que no busqué. Sentada me miraba fijamente a los ojos. Comenzaba a sospechar que su pasatiempo predilecto era observar a la gente, quizá para encontrar alguien nuevo a quien fastidiar.

Y los días poco a poco comenzaban a suceder uno tras otro... y yo viviendo con ella. Sólo el primer día me dejó hacer mi vida normal. Apartir del segundo me acompañaba a todos lados: a la escuela, al gimnasio, de antro... incluso a la oficina!

Entre juntas y llamadas que parecían nunca terminar, ella silenciosamente se sentaba frente a mi escritorio y no se movía del silloncito marrón que decoraba perfectamente mi espacio de trabajo. Sin importar que saliera casi a la media noche, ella seguía ahí.
Mis amigos empezaron a notar su presencia. Poco a poco (y sin que yo lo quisiera) se volvió parte de mi círculo social. Mi gente, amable per se, no decía nada hasta que su paciencia se terminó.

--"Te esperamos... pero no la traigas por favor. Siempre nos arruina las veladas".

¿Pero por qué llegó sin invitación? ¿Por qué no tenía planes de irse? ¿Quién le dió mi dirección? Mi mente trabajó mucho por idear un plan para lanzarla cual vil arribista. Pensé que la indiferencia sería más que suficiente para que se hartara y de buenas a primeras se fuera. La omitiría tanto como me fuera posible.

Y naturalmente mi plan no funcionó. Los meses pasaron y mi paciencia se terminaba con cada día a su lado. Una tarde de julio caminaba por la calle bajo el sol de verano con mi acompañante un poco más atrás de mí. Fastidiado a morir me detuve y enfurecido voltée para replicarle:

--"¿Pero hasta cuándo?! ¿Por qué no se desaparece de mi vida? ¿Por qué vino sin que la invitara? No puedo ya vivir normalmente! No me deja ocuparme de mí, de mi familia o de mis amigos, las cosas en mi trabajo empiezan a pasarme la factura! ¿Pero quién se ha creído que es?! Tan pronto lleguemos a mi casa empaca sus cosas, toma su valija y se me larga en el acto!"

Ni una palabra salió de su boca. Su rostro pálido, sin expresión no movió ni un músculo. Manoteando y gritando cosas incomprensibles caminé más y más rápido. Llegué a casa y agregué:

--"Pues a ver quién se cansa primero si yo de omitirla o Usted de fastidiarme la existencia"

Más días han pasado desde aquella última pelea y me temo que ella va ganando la partida. Cuando mi hermana me visita, a empellones hago entrar a la dama en el armario y la obligo a quedarse ahí hasta que se vayan las visitas. En la oficina ya no veo cara de extrañeza cuando me ven llegar con ella, creo que ya se acostumbraron a verla cerca de mí. Ya casi no veo a mis amigos, ya no la soportan... y de paso a mí tampoco. Sé que no se irá pronto. La otra mañana al barrer bajo la cama descubrí 3 maletas más de ella. ¿Cuándo las trajo? Eso sí no lo sé... pero ya saben, los poetas han escrito tanto de ella y están en lo correcto: la tristeza tiene un sinfín de mañas.

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