miércoles, 27 de octubre de 2010

" I loved you... I killed you" (2.0)

Hace tanto que nos encontramos en la que sería nuestra última batalla. ¿Recuerdas como nos reflejamos en las llamas cuando nos elevamos hasta el infinito para mostrar nuestro poder?

La sed de venganza no se ha calmado. Al contrario, se ha vuelto tan fuerte y tan poderosa que ha llenado mi cuerpo de desprecio por tu vida.

Te dije que volvieras cuando me odiaras más. Ese día ha llegado y el sol está a punto de morir. Aquí nos encontramos como el primer día en que nos conocimos, en El Ángel de Oro. Después de hoy no habrá destrucción similar, no habrán más demonios como tu y yo, no habrá absolutamente nadie que sonría con la misma ironía y desprecio como lo hacemos en este momento.


- Somos grandes – Dijo mientras observaba la cima.

Nuestros labios están tan rojos como el mismo infierno que un día creamos juntos. Tu mirada es tan cruel como el mismo destello de mis pupilas. No somos más que dos demonios listos a devorar el último suspiro del otro.

-
Toma tu tiempo y dime cuando estés listo… yo, espero paciente.
. . .

Y así, ambos dieron el último paseo.

El infierno lucía espectacular. Cuerpos gritando el dolor que carcomía sus pecados, almas llenas de lujuria caminando sin fuerza y ángeles convertidos en cuerpos deformes por la tentación al abandonar el paraíso para disfrutar el infierno, en el que nunca fueron bienvenidos. Ríos de lava y unos más de sangre acentuaban el paisaje.

Con la mirada perdida en el infierno emprendieron un camino hacia la cumbre. Sus pasos eran firmes y los recuerdos volvían retando el presente.

Uno de ellos cerró los ojos y se detuvo extendiendo sus brazos para finalmente cubrir su rostro. Escurrían lágrimas por sus mejillas hasta que un grito desesperado terminó por agotar la última de sus lágrimas. Limpió su rostro y sus labios dibujaban una sonrisa propia de la venganza... continuo sus pasos a la cima.

El otro llevaba unos pasos de ventaja, caminaba tan dócil y elegante que su mirada era el complemento perfecto para un demonio cruel, maldito y lleno de ira. No se detenía ante ni un solo recuerdo que pasaba por su mente. Levantaba la ceja mostrando superioridad al tiempo que sus manos se dejaban acariciar por el viento.

Hasta que se encontraron en la cima. Destilando odio puro a través de la mirada.

-
Es la última vez que nos veremos sin rasguños en la piel, sin perforaciones en el alma y sin vacíos en la memoria. Tan insignificante será el universo después de nuestra destrucción. Víveme.
- Ha sido tanto, que merecemos una muerte sangrienta y sin piedad como este reino en el infierno.- Afirmó tan elegante como siempre.
- Disfruta la última batalla… ¡maldito!


Y ambos retrocedieron.

Caminaban con el porte majestuoso propio de un amo del infierno y ambos vestían la gala ardiente de un demonio. Ambas coronas de platino eran deslumbrantes. Volvieron la mirada y se encontraron.

Suspiros, rabia, placer e instinto.

El silencio y la oscuridad reinaban marcando el ambiente mortal hasta que una cantidad impresionante de rayos y truenos termino con todo eso. Y en ese momento ambos extendieron sus brazos para dejar caer la capa que cubría sus espaldas, lo hacían con tanta sincronía que todo parecía perfecto.

Arquearon sus cuerpos para liberar las alas del Demonio, eran aun más brillantes que un diamante y tan fuertes como el mismo platino. Cada uno tomó su corona y la aventó al infinito, al llegar al punto más alto fueron destruidas por un rayo convirtiéndolas en el más fino polvo precioso que termino por esparcirse en todo el espacio hasta fundirse en las llamas.

No había nada más espectacular.

Un grito ensordecedor termino con la sincronía del paisaje y solo se vio como uno de ellos golpeo el estómago haciéndole doblar el cuerpo. No le permitió levantarse y pateo el cuerpo con tanta fuerza que lo hizo volar en el aire hasta caer en el lado opuesto, al filo del vacío. Fue cuando este se levantó lleno de furia. Corrió sin detenerse hasta encontrarse con el otro, enterrándole los dedos en uno de sus ojos mientras enterraba su rodilla en el abdomen de su oponente. Ambos destilaban veneno y gas mortal.

No había tiempo para nada, cada segundo era valioso. El sol había muerto ya y el Ángel de Oro sonreía disfrutando el fin...

- ¡Maldito! Me has desbaratado el ojo, ¡morirás perfecto idiota!

- Moriremos juntos Sergio



Sus manos limpiaban la sangre que brotaba del hueco donde ya no estaba uno de sus ojos. Fue tanta la rabia que le provocó que sin pensarlo, prendió sus dientes en el brazo del otro arrancándole un pedazo de piel que escupió mientras este gritaba por el dolor que le causaba.

Desenfundaron las espadas de oro que colgaban de sus cinturas y las alzaron al universo…

- Te odio tanto maldito, quiero ver retorciéndote. No tengo piedad esta vez, aunque muera también, te haré vivir un segundo de tu mismo infierno y te haré sentir la brutalidad que me carcome por verte morir.
- Raynier, alimentas mi deseo por destrozar cada parte de tu cuerpo. Mereces lo mismo que yo. Juntos hicimos sufrir a quienes querían vernos separados. ¡Pobres! y aunque al final lo consiguieron, hoy volvemos a estar juntos… escribiendo el último capítulo de este infierno que tantos tuvieron que soportar.
- Quizá disfruten vernos morir juntos, quizá imploren nuestro cuerpo para que nos adoren hasta el final de sus propias vidas.


Estaban golpeados, adoloridos y llenos de furia. Sus alas lucían impecables, puesto que no habían sido usadas en el combate. Se extendieron una vez más, el golpe mortal estaba por anunciar muerte.

Ambas alas empezaron con un movimiento lento hasta que ambos provocaron un huracán insoportable que levantó en el aire los vestigios de un recuerdo y llamas que incendiaban cada sentimiento hasta consumirlo en el olvido.

Era tal la intensidad de las alas que uno de ellos consiguió herir la piel del otro.

El que había sido herido en el pecho dio un giro desplegando impresionantemente sus alas hasta rozarle el cuello a su oponente, marcando en su piel una delgada línea mortal de la cual empezó a escurrir sangre.


Gritaba enloquecido, con la ansiedad del final y brotándole sangre del cuello, corrió con la espada en la mano. Sus alas se expandían mientras corría la poca distancia que le separaba de quien algún día fue el amante ideal…

Al momento que su oponente volteó para colocarse de nuevo frente a él, sintió el dolor intenso de la espada enterrándosele en el estomago. Vomitó sangre y sin meditarlo tomó la espada por el puño para enterrarla en la parte baja del abdomen del otro. El rostro de ambos mostraba dolor impresionante. Eran heridas perfectas para dejar a un lado la inmortalidad.

Ambos cayeron al piso y a un lado las espadas llenas de sangre. Las alas ahora pesaban y empezaban a morir antes del cuerpo de quien las poseía. Tardaron unos segundos en ponerse en pie nuevamente.

Se escucho una vez más un grito desgarrador y levantaron las espadas para volver a clavarlas hasta la profundidad del cuerpo donde el último de los sentimientos se escondía perfectamente.
Fue tal la fuerza que los dos cuerpos volaron en el aire, en el horizonte podía verse como el cabello de ambos se levantaba con la misma elegancia de siempre. Finalmente se desplomaron hasta tocar el suelo ardiendo, tenían los huesos rotos.

- Hasta … nunca Sergio.
- Hasta nunca… Raynier.

Murmuraron con dificultad, mientras las llamas del infierno terminaba por consumir lo que quedaba de ellos. El Ángel de Oro se fundía ya en el calor del infierno hasta que no quedo nada.
El paisaje lucía desolado, las nubes más grises que nunca y no quedaban rastros de infierno, solo restos de sus cuerpos despidiendo humo letal. Era la batalla más cruel de emociones y sentimientos que se había vivido.

El Infierno dejó de existir en el universo y nadie pudo contar una historia igual, el odio perdió significado y la delicia de la venganza quedo inmortalizada en la imagen de la batalla final.

Una leyenda que murió junto al Demonio que le inspiro a lo que un día llego a ser…

The Legendary King Raynier.

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