martes, 26 de octubre de 2010

BUENTRATO ANIMAL

No recuerdo exactamente cuántos cumpleaños habían pasado hasta ese día en particular al que llevo de la mano a la memoria para contarte esta historia. Era una tarde en la que tal vez a los 13 años regresaba de unos encargos con mi hermano, entonces de 10, y al dar vuelta en un pequeño callejón que daba justo frente a nuestra casa escuchamos el leve maullido de un gato. Desde muy pequeños mis padres nos habían inculcado amor y respeto por los animales y siempre que había oportunidad ayudábamos a cuanto animal caía en nuestras manos. Uno tras otro y de manera temporal ya sea por salir sanos o por salir muertos, los animales eran comunes en casa. Supongo, y tal vez deba preguntarle a mi madre algún día, que se sospechó que alguno escogería la profesión de veterinario.

Y entonces el gato maullaba. Era una especie de solicitud de ayuda por lo que mi hermano y yo rápidamente tratamos de hallar el lugar de donde provenía ese llamado. Cual no sería nuestra sorpresa al ver que el animalito estaba sobre un tinaco de agua a más de 3 metros de altura. De no más de 4 meses, desconocíamos cómo había llegado hasta allí. Su cara de terror y su desesperación nos hizo pensar que ya llevaba un par de días atrapado ahí sin saber como bajar.

Mi hermano corrió a la casa y cogió una sábana que encontró a su paso. Regresó y entre los dos la extendimos para que el gato saltara. Evidentemente el objetivo era justo hacer que el gato saltara. Estuvimos llamándolo, le pusimos croquetas sobre la sábana extendida y no sé qué más con tal de que se lanzara. Supongo que su instinto de supervivencia lo empujó (o tal vez vio algo en nosotros) que pasados unos minutos se lanzó al vacío y cayó sano y salvo sobre la tela. Lo abracé y revisé en búsqueda de alguna herida que pusiera en riesgo su vida. Salvo su ataque de histeria y su evidente falta de alimento, el gato (macho) estaba en perfectas condiciones.

Había que volver a casa y por supuesto el corazón se nos hacía chiquito cada que maullaba como diciendo "no me dejes ahora tú". Pusimos cara de inocencia y casi casi rogamos a mamá que nos dejara conservarlo "mientras le hallábamos un hogar" (sí, mi madre no se tragó pero ni tantito el cuento ese). Con la condición de cuidarlo y hacernos responsables de él, entró en mi hogar. Hubo que enseñarle a usar una caja de arena, a acostumbrarlo a comer croquetas y demás vicisitudes de un gato hogareño. No le costó adaptarse y pronto andaba, saltaba, subía y bajaba por todos lados. Como era siamés de raza pura (según el veterinario) decidimos ponerle un nombre a la altura de las circunstancias: Richelieu.

Richelieu creció y ya superado su trauma a la calle salía y se dejaba asolear y ver por el resto de los gatos de la colonia. Una mañana, ya unos meses después, mientras salía a tirar la basura dejé la puerta abierta y el gato salió al balconcito. No lo noté sino hasta que escuché como un perro (ve tu a saber la raza, sólo recuerdo que era de esos de pelea) corría ladrando justo hacia donde Richelieu estaba. Solté la basura y salí corriendo al tiempo en el que mi gato observaba sus posibilidades: lanzarse por el balcón (a una distancia, otra vez, de como 3 metros; o enfrentar al perro). Corrí y llegué segundos antes que el perro y segundos antes de que se lanzara. Con enojo lo abracé y me puse entre los dos animales. Mi madre pronto escuchó la algarabía y al ver la escena salió con una escoba a espantar al can. Mi gato temblaba de una manera espantosa y sus garras estaban incrustadas literalmente en mí. Su miedo era tal que me orinó sin darse cuenta. Mi madre me hizo ver que el perro pudo haberme atacado a mí también en su afán de agarrarlo. No me importaba, el miedo de haber perdido de la peor manera a mi gato me dio el coraje para defenderlo.

El tiempo pasó y mi gato tuvo un sinfín de aventuras. Un buen día salió a tomar su paseo vespertino por los tejados de las otras casas... y no regresó, como acostumbraba, al anochecer. Todos en casa nos preocupamos porque aunque fuera de madrugada regresaba a dormir en casa. Te mentiría si dijera que dormí bien esa noche. Recuerdo que me levantaba cada hora a ver si Richelieu había regresado. No fue sino hasta la mañana siguiente que apareció y su estado me entristeció: parecía que otro perro había querido atacarle y él había salvado una vez más la vida. No obstante, tenía un par de mordidas por el cuello y el cuerpo, estaba sucio... y tenía una dentada en pleno cráneo.

De inmediato lo llevamos con el veterinario porque era evidente que el animalito sufría con sus heridas. Mi madre no se detuvo a ver cuánto costarían los cuidados porque ella también, como es su estilo, se había encariñado con él. El veterinario nos indicó que el colmillo del perro había llegado muy profundo y que tenía ya una infección avanzada que podía causarle secuelas. Nos recetó medicamentos y nos pidió que lo cuidáramos más ahora.

Richelieu estaba muy débil por lo sucedido. Mi hermano le acondicionó una caja con una vieja almohada y una sábana en donde descansar. Por mi parte, cada hora con una jeringa tenía que darle agua y una solución alimenticia para que mantuviera el equilibrio en su cuerpo y no se descompensara (una de las heridas era en la mandíbula por lo que el gato no podía comer por sí mismo).

Darle medicamentos era también un lío gordo. Su dolor era tal (y quizá el sabor era peor) que no le agradaba que yo me acercara a darle esa suspensión y a limpiarle sus heridas. La de la cabeza cada día se ponía peor porque la infección avanzaba y por ser en la cabeza, ésta fue más allá y se introdujo a su torrente sanguíneo. Pronto el gato bajó drásticamente de peso y empezó a dejar de mover las extremidades. Era muy triste verlo arrastrándose por el piso hacia donde estaba yo, apenas maullando de una forma lastimera como diciéndome "me duele, ayúdame".

Los días de esa semana pasaron y no hubo mejoría. Sus dolores eran más fuertes y cada día se movía menos. Una noche, mientras veía la televisión, observé al animal. Me miraba fijamente y movía la cabeza como si maullara (ya no lo podía hacer). Un brillo peculiar en sus ojos me atrajo y me acerqué a acariciarlo. Su débil ronroneo me estremeció mucho y al acariciarlo recuerdo que le dije "ya no sufras Richelieu, si tienes que irte y descansar, hazlo". Me miró nuevamente y se quedó dormido en mi mano. A la mañana siguiente, murió.

Recuerdo haberme levantado aún muy temprano a ver como seguía, sólo encontré su cuerpo frío y duro en la misma posición en la que se había quedado la noche anterior. Comencé a llorar y lo abracé. Fui a despertar a mi madre y contarle lo que había pasado. Ella no lloró porque sabía que yo necesitaba apoyo en ese momento, pero sus ojos se tornaron acuosos y me abrazó. Lloré como si hubiera perdido a alguien de la familia. Muy dentro de mí sabía que él había formado parte de mi vida pues era el primer gato y la primera mascota que dependía de mí, un niño de apenas pocos años de edad. Lo enterramos cerca de un terreno baldío que había por mi casa. Despedía a un amigo.

Los años han pasado y lo "animalero" no se me ha quitado. Un par de años después de la partida de Richelieu llegó otro gato de escasas semanas de nacido. Está por cumplir 11 años conmigo y es alguien por el que hemos hecho muchas cosas porque sabemos que él también es parte de la familia.

Si tienes una mascota o piensas tenerla, no olvides que ellos (por pequeños o grandes; mestizos o de raza; jóvenes o viejos) también sienten. No abandones a un animal a su suerte. Muchos de ellos terminan atropellados, muertos de hambre o como presas de personas inconscientes que los usan como carnadas. Tampoco maltrates a aquellos que están en las calles. Si no puedes alimentarlos o cuidarlos, al menos no los patees. Te juro que ellos no pidieron nacer o ser abandonados.

2 comentarios:

  1. No pude evitar llorar y acordarme de Spanky y Sky...

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  2. sufrí mucho con esto, no pude evitar acordarme de mi gato Skampy, el también sólo volteo a verme con ojitos tristes y se fue, lloré como bebé durante muchos días de tristeza y coraje, a mi gatito lo envenenaron. Lloro :(

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